ines bebea

#ProjectesMolons. Alfabetización Digital Crítica, una invitación a reflexionar y actuar

Por María Díaz

Encontrarme con Inés Bebea, su proyecto Ondula  y  la guía sobre Alfabetización Digital Crítica, fue descubrir, además de un #projectemolon, un proyecto comprometido y totalmente necesario. Leer la guía no me defraudó, al contrario, lo que encontré en ella fue una reflexión valiente y lúcida sobre el significado del uso de la tecnología tras casi dos décadas de convivencia.
Si hace unos pocos años la brecha digital dependía de tener o no tener conectividad, en estos momentos reside entre las personas que hacen un uso de la tecnología  reflexiva, crítica y activa, y aquellas que la usan de manera irreflexiva y pasiva.

Ponerme en contacto con ella y que me contara de primera mano el cómo y el porqué de esta guía, fue un capricho al que no me pude resistir -y seguro que tras su lectura a vosotras y vosotros os pasará lo mismo. En cualquier caso, lo que vais a leer es sólo una línea del trabajo de las múltiples que está realizando sobre la alfabetización digital, ya que las perspectivas son plurales.  De momento comenzaremos por ésta…

¡Espero que la disfrutéis!

 

María Díaz (MD). ¿Quién es Inés Bebea?.

Inés Bebea (IB). Soy un corazón inquieto. Desde que tengo recuerdo me he interesado por comprender el mundo: leyendo, viajando, conversando con personas muy diversas, desde la física, la filosofía, la política, las artes… Dicen que una de las dificultades para que las mujeres opten por carreras científico-tecnológicas es porque se interesan más por cuestiones sociales. Cuando era estudiante de ingeniería, me inquietaba enormemente la aplicación social de esos conocimientos para el bien de la sociedad. Así que fui primero voluntaria, luego cooperante, haciéndome consciente de que vivimos en un mundo con múltiples desigualdades, guerras y pobreza. Más tarde, con esta experiencia muy presente, quise atender a qué necesidades planteaba la sociedad del conocimiento aquí, y empecé Ondula como un proyecto de formación técnica con una perspectiva cercana a la Educación para el Desarrollo. Desde 2016 Ondula es una asociación sin ánimo de lucro, en la que desarrollamos proyectos de investigación y propuestas educativas orientadas a la sensibilización y formación de una ciudadanía digital con espíritu crítico y compromiso por la justicia social.

M.D. ¿De dónde surge el proyecto de alfabetización digital crítica y su guía?

I.B. En nuestros talleres de alfabetización digital y cursos de herramientas TIC quisimos dotar a los contenidos técnicos de cierto contexto. Así nos surgían diversas preguntas como: ¿de quién es este software?, ¿dónde se guarda la información que estamos generando?, ¿qué modelo de negocio tiene esta empresa? Al empezar a documentarnos, encontramos que existían fuentes de información sobre el software libre, la obsolescencia programada o la privacidad de los datos que trataban cada tema por separado, pero nos dimos cuenta de que no había un enfoque que nos facilitara relacionar unos temas con otros. Así que decidimos ponernos manos a la obra y crear una guía que facilitara y conectara todos esos temas que subyacen a las tecnologías digitales. Una formación técnica con enfoque social no puede sólo enseñar a usar las herramientas, sino que debe también enseñar a pensar y a formarnos un criterio propio.

La guía de Alfabetización Digital Crítica estructura los temas elementales de la tecnología digital utilizando un lenguaje sencillo y combinando no sólo la perspectiva técnica (cómo funcionan), sino también la perspectiva histórica (cómo hemos llegado hasta aquí y qué papel tienen en la historia), económica (cómo se proveen, gestionan y destruyen) y filosófica (qué nos jugamos como humanidad en todo esto). De este modo, el texto pretende establecer conexiones explorando lagunas de conocimiento generalmente silenciadas, dadas por sentado o sostenidas en su lugar por creencias de diversa naturaleza. Estas conexiones son las que pueden permitirnos superar las dos posiciones extremas más comunes: el optimismo de quienes piensan que cuanta más tecnología mejor y que ella salvará a la humanidad de sus problemas, y el pesimismo de quienes apenas ven un futuro tecno-distópico y preferirían que las tecnologías desaparecieran de la faz de la tierra. Precisamente, en nuestro momento histórico actual, esta apuesta por el pensamiento crítico y el diálogo ante posturas extremas, es relevante no sólo para el ámbito científico-tecnológico sino para el funcionamiento mismo de nuestras sociedades con vocación democrática.

M.D. Cómo explicarías, de la manera más sencilla, de qué habláis cuando hacéis preguntas como: ¿qué hay ahí fuera?, ¿qué llevo en mi bolsillo? O ¿qué lo hace funcionar?

I.B. Nuestra pedagogía se basa en la pregunta. Nos inspiramos enormemente en las comunidades de aprendizaje, las tertulias dialógicas y los procesos de alfabetización crítica de Paulo Freire: podríamos decir que hacemos una especie de remake de Freire adaptado al siglo XXI. Tanto en los cursos y talleres que impartimos, como en nuestros propios procesos de investigación, nos guiamos por preguntas. Nos sirven para empezar la casa por los cimientos:

¿Qué hay ahí fuera? En una sociedad permanentemente conectada, damos importancia a aquello que posibilita la conexión. Hablamos de manera normalizada de Internet como si fuera una nube, pero esta metáfora nos aleja mucho de la realidad porque Internet es algo muy físico: antenas, cables, routers, servidores, centros de conmutación y centros de datos. No es posible entender qué implica, por ejemplo, nuestra privacidad en la red sin entender esto. Tomar conciencia de esta fisicidad nos permite abrir a nuevas preguntas: ¿dónde están esos servidores?, ¿de quién son? La aproximación crítica nos permite desnaturalizar la nube y situarnos no sólo como personas usuarias o clientes, sino como ciudadanas, ante el entramado geopolítico- económico de Internet. Es un punto de partida para explorar formas de conquistar una soberanía tecnológica necesaria desde el punto de vista de las libertades individuales y colectivas en la era de la información.

¿Qué llevo en mi bolsillo? Es una pregunta por los dispositivos físicos que nos acompañan siempre y en todo lugar, donde el móvil es el objeto estrella. Por un lado, los móviles, las tabletas y los ordenadores son para muchas personas como una suerte de cajas negras: funcionan pero no sabemos cómo. ¿Cómo es posible usar una herramienta tantas veces al día y no comprender cómo funciona? Nos parece que funcionan por arte de magia. Más allá de los detalles técnicos, abrir una caja negra es un ejercicio emancipador: hay otras cajas negras del funcionamiento de nuestra sociedad y que generalmente ignoramos aunque son básicas para el ejercicio de la ciudadanía, tales como los bancos, las leyes o la propia democracia. Por otro lado, desde una perspectiva ecosocial, al igual que las zanahorias no crecen en las estanterías de los supermercados, los móviles no surgen por generación espontánea en las tiendas. Nos preguntamos por el ciclo de vida de la tecnología en el modelo de consumo, desde una sensibilidad por el impacto medioambiental y condiciones laborales que generan en un planeta cada vez menos sostenible.

¿Qué lo hace funcionar? Los dispositivos que hemos mencionado anteriormente de nada sirven sin el software que corre en su interior: el software es lo que hace que al encender el móvil aparezca algo en pantalla, si no sería apenas un objeto inerte. El software da sentido a los diversos usos del móvil como herramientas y está diseñado con una finalidad determinada. Si usamos herramientas para ampliar nuestras capacidades, ¿cuáles son esas capacidades humanas que valoramos? ¿qué otras capacidades no valoramos tanto, o bien no es posible amplificar con máquinas? Desde los procesadores de texto a las redes sociales, exploramos la capacidad humana para dar forma y fondo a la escritura, o la calidad y cantidad de las relaciones interpersonales mediadas por chats y muros. En estas preguntas radica la posibilidad crítica de discernimiento, de decidir cuándo sí y cuándo no usar las tecnologías, de pensar en qué momentos son una ayuda y en qué momentos son un impedimento, de entender cómo moldean nuestra cultura y nuestras relaciones.

La idea que subyace a la alfabetización digital crítica es que la tecnología no es neutral. Al principio era una intuición, y es algo que hemos ido descubriendo en el proceso. Y es un hecho incómodo, te saca de tu zona de confort. Pero es precisamente desde ese lugar desde donde podemos plantearnos transformar el mundo en que vivimos en favor de un mundo más justo, donde las tecnologías tienen un papel clave, un papel que podemos y debemos cambiar. La guía es un punto de partida.

M.D. Vuestra guía Alfabetización Digital Crítica, es una auténtica toma de consciencia sobre lo que está sucediendo con las TICs y la “sociedad del conocimiento” pero, ¿qué más haría falta para que los ciudadanos nos podamos enfrentar a los nuevos desafíos éticos y frenar el uso masivo de nuestros datos?

I.B. Transformar la sociedad del conocimiento basada en la economía digital global actual, como todo proceso de transformación social, requiere en primer lugar de una toma de conciencia, que desde la ciudadanía seamos capaces de ver que existen desafíos, desigualdades e injusticias en el modelo vigente. La guía pretende ser una primera aproximación a ese cambio de mirada necesario. Y al mismo tiempo, la guía también aporta en cada tema ejemplos de experiencias alternativas e inspiradoras que ya están sucediendo: conocer estas experiencias nos ayuda a ver que es posible dar pasos. El uso masivo de nuestros datos es un buen ejemplo porque está en el corazón de un modelo de economía digital muy lucrativo. Y quienes se están enriqueciendo con este modelo, se resistirán a abandonarlo aunque pase por encima de nuestras libertades. Creo que hace falta una movilización ciudadana ante la concentración de poder y riqueza de las grandes tecnológicas, ante la mercantilización de nuestros datos, emociones y voluntades, por una soberanía tecnológica y en favor de una ética fuerte en las decisiones de diseño insertas en los algoritmos. No empezamos de cero, tenemos ejemplos en la historia: todavía hoy disfrutamos de las reivindicaciones y logros del movimiento obrero, que hemos heredado como derechos. Además, la cultura obrera creó nuevos referentes para la relación alienada del obrero con la fábrica, del obrero con la máquina. Hoy, en unas redes donde nos han situado como “prosumidores” (productores y consumidores) somos obreros modernos en nuevas fábricas, y necesitamos también por tanto generar una nueva cultura tecnológica que redefina la relación humano-máquina, usuario-red.

Necesitamos una ciudadanía movilizada que demande diseños éticos, que exija responsabilidad medioambiental en el desarrollo tecnológico, que permee las instituciones, que demande modelos económicos justos y alternativas tecnológicas locales y distribuidas. Existen iniciativas profesionales que pueden ofrecer alternativas (y podría haber muchas más), pero son pocas y poco conocidas
precisamente porque la ciudadanía no las está demandando, sino que nos estamos conformando con lo que hay.

M.D. Para terminar, te quería hacer una pregunta en modo off line, y no sin cierto desasosiego. Dice el antropólogo Marc Augé en su libro El porvernir de losterrícolas: “[…] nos encaminamos a un planeta con tres clases sociales: los poderosos, los consumidores y los excluidos”, lo que me sugiere un futuro distópico tal y como muestra la implantación en China del “carnet social” , ¿qué opinas, hay esperanza de superación o estamos abocados a ello?

I.B. Vivimos en un mundo tremendamente complejo y dinámico, pero me parece importante resaltar al menos 3 ideas al respecto. Afortunadamente siempre hay esperanza, siempre podemos hacer algo. Eso sí, cuanto antes nos pongamos en marcha, mejor. Hay personas, colectivos y organizaciones que llevan tiempo promoviendo y viviendo modelos alternativos. Cuando hablamos de futuro, a
veces me da la impresión de que en realidad estamos leyendo el presente: esas categorías de clases sociales son visibles ya hoy. El futuro es posibilidad, pero una posibilidad que se teje en el presente, día a día. Es por ello que la toma de conciencia que promovemos en la alfabetización digital crítica no tiene sentido sin que este nuevo conocimiento implique el compromiso con la acción transformadora, por eso es “una invitación a reflexionar y actuar”.

El ejemplo del carné social en China refleja la traducción de una intencionalidad y finalidad política en los requisitos técnicos de una herramienta, que ya es posible crear con las tecnologías actuales. El problema aquí es que la tecnología está al servicio del control por parte del poder, y esta definición es política, luego el problema es más político que tecnológico -aún cuando condiciona las directrices de diseño. Es más fácil ver estos problemas en contextos diferentes al nuestro, pero son problemas que también estamos afrontando en Occidente: los controles migratorios, las decisiones judiciales o el incremento de posiciones extremistas que quiebran la democracia en las redes sociales, son algunos ejemplos. Veo posibilidades si cultivamos valores humanistas y una conciencia política más sólida, en diálogo con un uso crítico y creativo de las tecnologías disponibles. La historia nos dice que el cambio no va a llegar desde arriba, desde la benevolencia del poder, sino que se gesta desde abajo: somos nosotros y nosotras quienes hemos de protagonizar ese cambio.

El caso que estamos comentando ha sido comparado con alguna de las distopías que muestra la serie Black Mirror, y tal vez ése es otro de los problemas que hemos abordar: tanto la literatura como las películas y series de ciencia-ficción, que en principio construyen relatos de un futuro posible, cuentan con innumerables ejemplos distópicos en lugar de utópicos, es decir, de ejemplos en los que un desarrollo tecnológico muy avanzado conduce a la destrucción de la humanidad, en lugar de ejemplos de una humanidad plena, justa y libre que desarrolla y dispone de tecnologías acordes con esa forma de ser. La distopía nos deja sin salidas. De hecho, inspira incluso a ingenieros y desarrolladores que hoy están creando tecnología, y que ven en ellas algo atractivo, un reto, sin tomar nota de sus implicaciones éticas y ecosociales. Necesitamos construir nuevos relatos que nos inspiren para la utopía, que pongan los pilares sobre los que edificar las sociedades que queremos. Ésta es una tarea pendiente. La lectura crítica de la realidad tecnológica y la movilización ciudadana que hemos comentado anteriormente se alimenta de utopías y narrativas constructivas que todavía deberemos escribir.

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